Las siguientes palabras van a parecer una especie de declaración forzada, pero nada más lejos de la realidad.

Renuncio a ser adulto. No me va más ese puesto. Quizá al leer esto uno piense que se renuncia a la responsabilidad y obligaciones para empezar una vida de fiesta y descontrol. Me gustaría decir que sí a esto, pero lamentablemente yo no podría de esa manera (y aclaro “yo” porque si alguien así decidiera hacerlo lo aplaudiría de pie por el coraje que eso requiere).

A la adultez que estoy renunciando es a aquella en la que me metí solito (guiado e influenciado por el contexto en el que fui criado y educado). Si la describo probablemente sientas un poco de tristeza por mí porque es bastante fea. Por ejemplo, éste Ser adulto, que ya no va a estar más por aquí, tenía una enferma obsesión por la “productividad” (aún siendo una persona de productividad media, nada extraordinaria realmente). Pero esa obsesión estaba ahí por algo… uno tiene que ser productivo para rendir más y ganar más dinero. Y no digo que eso esté mal, todo lo contrario, me parece un concepto excelente. Pero cuando esa productividad se te va de las manos y empieza a afectar otros aspectos de tu vida se empieza a poner feo. Solo vivir para un trabajo, por más bueno que éste sea (como es en mi caso), es muy triste. Hay toda una vida aparte del trabajo y de la demente idea de buscar ganar más dinero solo por ganar más.

El adulto éste del que hablo también tenía una idea bastante loca de que ya no se podía “divertir como antes” porque ya toca ser serios. Cuando pensas detenidamente en esto por un rato te das cuenta que es más feo de lo que pueden expresar esas palabras.

Otra cosa rara que tenía este adulto era que pensaba que podía poseer una persona. Pensaba, quizá porque desde chico a uno no le muestran otra cosa, que tenía que encontrar una persona para compartir toda la vida y formar una familia. Y no es que esté mal encontrar una persona con la cual compartas toda una vida y formes una familia, para nada. Lo malo era que buscaba eso sin conocer a la otra persona. O sea, no es que era una situación que se haya dado sola e impulsada por el amor, si no que buscaba generar ésta situación sin tener si quiera la oportunidad de conocer a otra persona (ni mucho menos amarla). Ahora que lo estoy escribiendo me suena aún más loco.

Ésa adultez, la verdad, no tenía lugar para la felicidad y el verdadero amor. Por eso es que renuncio a ella. Y, paradójicamente, el renunciar a ella me convierto en un adulto aún más responsable. Pero ahora esas responsabilidades son distintas porque tienen bases mucho más sólidas y coherentes (no digo que estén correctas, solo que ahora sí tienen, al menos para mí, un sentido). La mayor de las responsabilidades la tengo conmigo mismo. Nada ni nadie jamás me hará renunciar a esta responsabilidad. Lo que decido hacer ahora es vivir rodeado de amor. Amor en todo sentido y nivel. Mi trabajo decido hacerlo con amor, y me resulta súper fácil y natural ahora porque tengo la dicha de trabajar con excelentes personas. Quiero que mis relaciones estén cargadas de amor. Con todos. Ya pasé muchos años ocultando el amor que siento por algunas personas sin ningún sentido… ¿por qué hay que tapar eso que es tan lindo? ¿de dónde habré sacado la idea de que eso se tiene que esconder, no?

Ésta nueva adultez es mucho más divertida, porque me permite realmente disfrutar cada día, aunque las cosas no siempre salgan cómo uno espera. Muchas veces nos ponemos mal cuando las cosas no salen como uno espera que salgan, pero eso no tiene sentido. Si las cosas están fuera de nuestro control, ¿por qué sentirnos mal por eso? No lo digo con una postura conformista, si no más bien alentadora. Al liberar la mente de sentimientos negativos por pensar en cosas que no están bajo mi control, puedo utilizarla para pensar cosas mucho más enriquecedoras (como éstas palabras, que para mi son enriquecedoras). El otro adulto se enroscaba pensando en esas cosas y muchas veces terminaba tirado en la cama deprimido por eso…

Se puede disfrutar la vida cuando uno renuncia a las cosas que le hacen mal.

Y si bien toda renuncia es liberadora, también viene cargada de sentimientos tristes. Porque cuando uno deja algo malo, suele dejar otras cosas asociadas pero que son buenas. Es inevitable. Como toda elección que tomamos en la vida, ésta tiene asociado un costo de oportunidad que tenemos que asumir. Pero es un precio que estoy dispuesto a pagar.

Así es que éste nuevo adulto no es más el adulto que le dijeron que tiene que ser. Ahora es un adulto libre. Ahora soy, por fin, libre de verdad.

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